Hace poco conocí a una mami reciente que tenía a su bebé en la incubadora. Inevitablemente, me vino a la cabeza la imagen de mi bebé lleno de cables, con apenas dos kilos y medio.

Esta mami contaba que la niña tenía la bilirrubina alta, un mal bastante más común de lo que parece. Igual has oído hablar de la ictericia. Por lo que decía, lo peor ya había pasado y esperaba poder regresar a casa con su bebé al día siguiente. El tratamiento consistía en tener al bebé bajo una luz azul y alimentarlo a menudo.

La palabra “incubadora” siempre la he relacionado con enfermedad, con una connotación triste. Algo traumático. De hecho, cuando me hablaron de mi bebé, que habría que adelantar su salida porque venía pequeño, lo primero que le pregunté a la ginecóloga fue si tendría que pasar por la incubadora. Cada niño es diferente y no tiene porqué, me dijo.

Por eso cuando mi niño nació y se lo llevaron tras nacer, sin dejarme siquiera tocarlo me sentí fatal.

Una vez pasado el shock inicial, me di cuenta de que es lo mejor que le podía pasar a mi bebé. Allí le salvaron la vida, a él y a la mayoría de los bebés que ingresan allí.

La incubadora y mi bebé

Mi niño era un CIR. Me lo habían dicho más de una vez durante el último trimestre de embarazo. Pero nunca me dijeron qué significaba, y yo tampoco pregunté. Crecimiento Intrauterino Retardado, que quiere decir que crece más despacio de lo normal. Más tarde me lo explicaron. Hay diferentes tipos de CIR, el mío era el menos malo. A mi niño no le llegaba bien la sangre a la placenta, por lo que había riesgo de que algún órgano no se desarrollara bien. Por suerte la sangre se distribuía uniformemente. Pero en estos casos siempre tiene que haber un pediatra a la hora de nacer. Y menos mal.

Gracias a ese protocolo, la pediatra presente vio que sus pulmones no expulsaban bien el aire. No sabía respirar. Lloró, pero muy levemente. Para cuando me cosieron y limpiaron a mi, mi niño ya no estaba presente.

Mi marido fue con él. A mi me tuvieron en la cama postparto durante media hora, sola, sin saber nada. Cuando finalmente mi marido vino, me dijo que le habían puesto oxígeno pero parecía bien.

Una madre saca fuerzas de donde sea. Lo he oído mil veces, y en ese momento lo entendí. Mi único afán era ver a mi niño. En cuanto me asignaron una habitación pedí bajar a verlo. Me hicieron bajar en una silla de ruedas. Pero necesitaba verlo. No habían pasado dos horas y ya nos hablaron de UCI. El oxígeno que le habían puesto no era suficiente y de no mejorar en la hora siguiente tendrían que ponerle uno más potente.

Como no mejoró lo ingresaron en la UCI. Al principio estaba en una cunita, pero en la UCI lo metieron en la urna, esa por la que sólo podíamos acceder a él por los agujeros laterales. Lo único bueno era que no teníamos restricción horaria, podíamos entrar y salir cuando quisiéramos, y estar tanto tiempo como quisiéramos. Lo peor, que el niño se alteraba sólo con tocarlo, y ello le hacía respirar aún peor. A las 4 horas de vida nos dieron la peor noticia. O remontaba en dos horas o habría que intubarle.

Mi pequeño guerrero, supo darle la vuelta a esa situación y poco a poco fue remontando. La primera vez que pude cogerlo en brazos fue a los 3 días de nacer y lleno de tubos. Parecía tan frágil que apenas quería moverme por si acaso.

Los primeros días lo alimentaban con una sonda pegada en la boca. Luego pasaron a la jeringuilla y finalmente a los 4 días de nacer salió de la uci. Ya fue cuestión de tiempo que cogiera más peso y respirara solo.

El primer biberón que pudimos darle fue a los 5 días de nacer. Recuerdo que cuando salió de intensivos, mi marido y yo nos turnábamos para estar con él. Apenas lo dejábamos en la cuna, recuperando el tiempo que no habíamos tenido.

A los 7 días de nacer, por fin, le dieron el alta. Al principio da mucho miedo porque pasa de estar vigilado y monitorizado en todo momento a no saber si está bien. Pasamos de no poder tocarlo, luego de tener que desinfectarnos las manos cada vez que lo tocábamos, a no saber si podría respirar bien en la calle. Pero una de las enfermeras de neonatología nos dijo la frase más tranquilizadora, “si le dan el alta es porque os lleváis a casa un niño totalmente sano”.

La primera noche casi ni dormimos. Yo me pasé más de media noche con mi mano pegada a su nariz, comprobando que respiraba. Y otra media con el niño al pecho, porque tenía que darle cada 3 horas como mucho. Hasta que superan la barrera de los 3 kilos recomiendan que así sea. ¡Y a mi bebé le costó un mes! Teníamos que pesarlo cada 2-3 días en la misma báscula, pero al menos estaba en casa.

No sé si es instinto o esperanza, pero yo supe desde el primer momento que mi bebé saldría adelante. Nunca tuve ninguna duda. Ahora tiene casi dos años y sigo agradecida a toda esa gente maravillosa que salvó la vida de mi bebé.

Categorías: BebésPostparto

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